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“El miedo es cosa viva…” solía decir mi madre, hoy fallecida y de seguro a la diestra de Dios Padre. Como ejemplo de eso comentaba cómo una vez que participó en una marcha de la CUT  -la de esos años, los 50– en algún momento se oyeron unos disparos al aire y en un instante todos los hombres estaban ya echados de guata en el suelo. La única que se quedó en pie, desafiante, fue ella. Nos comentaba con una sonrisa de desdén que sus coleguitas, como gusanos de tebo, se retorcían y reptaban por el pavimento buscando refugio de balas imaginarias.

Pero eso es perdonable. El instinto de supervivencia físico es muy poderoso. La cobardía verdaderamente reprochable y despreciable es aquella que se manifiesta en ocasiones cuando la vida no está en juego. O quizás una cosa va con la otra; un excesivo celo por cuidar el pellejo, como fue el caso de esos “coleguitas”, un extremado afán por no correr riesgos, una super abundancia de miedo ante el peligro, en fin, todo eso tal vez termina por contaminar a la totalidad de la persona y la lleva a adoptar en todo género de ocasiones eso que en el lenguaje de antaño se llamaba -perdonen a un hombre viejo nacido en otra época– “mariconería”.

La mariconería se ha hecho universal en nuestro país. Se manifiesta de mil modos pero todos ellos teniendo en común el afán de no dar la cara, de hacerle el quite a las responsabilidades, de obrar por mano ajena, de no decir algo contundente y de no saberse ya qué significa la palabra “lealtad”. Y entonces nadie dice SI o NO de frentón, no se hace lo que se dijo se iba a hacer y nadie se moja el potito por nadie ni por nada. Y así ocurre que si se decide despedir a alguien a menudo no se le avisa, sino el despedido se entera por terceras personas, por rumores, por compañeros de trabajo que evitan mirarte a la cara, porque descolgaron tu foto del muro, porque eliminaron tus programas de la base de datos, porque se están reuniendo a puertas cerradas para sustituirte y cuando a la vista de todo eso llamas a gerencia para pedir explicaciones te dicen “el jefe está en reunión” o “te llamará en dos horas”, lo cual no ocurre, pero cuando al fin lo o la atrapas y te contactas por teléfono, aun así continúan evadiendo el tema y no te dicen nada claro sino “conversemos en la oficina” o “llámame mas rato” o incluso “estamos averiguando” o hasta un hipócrita “no sé nada”. Y desde luego presuntos amigos y colegas de años desaparecen del todo, miran para otro lado o hasta se suman al coro, a la horda linchadora, para que no vaya a ser que les suceda lo mismo en el próximo turno.

Más aun, peor, aun, hay ocasiones en que dicha cobardía despreciable pretende pasar por otra cosa, revestirse de dignidad. Y para esos efectos se convierten seres más papistas que el Papa. ¡Ah. Si, éramos amigos, pero ante un crimen como ese no nos queda más remedio que sumarnos a la fila de “Me Too” para dar mi testimonio!

En esa actitud de cobardía y miedo cerval a todo, a los rumores, a supuestas funas, a malos comentarios en las llamadas “redes sociales”, al que dirán, etc, etc caen hoy al menos el 90% de los chilenos. Caen personas, grupos, corporaciones, organizaciones, directorios, gobiernos y gerencias. ¿Quién no ha sufrido esa experiencia, esa cobardía, ese temor de decir las cosas de frente, de ponerse al lado de uno, de decir siquiera una palabra de apoyo? Y hoy es más que nunca es así porque predomina un discurso políticamente correcto con su propia tribu más o menos organizada de feligreses más que dispuestos a “tomar acción” si aparece algún hereje. De ahí que aun en política veamos gestos de obsecuencia, de desfallecimiento, patéticas posturas tratando de “abuenarse”, de pasar colados, de hacerse los “progresistas”, de que se les perdone que existen y respiran. Y se ponen también en la fila del “Me too” a hacer su numerito.

La raíz del miedo es un temor desaforado a perder algo. Si no la vida, la pega; si no la pega, el prestigio; si no el prestigio, el crédito; si no el crédito, la supuesta buena opinión que tienen de nosotros no por lo que hacemos de bueno sino por lo que no hacemos, por ser invisibles, inaudibles, inocuos, eso que el lenguaje popular llama “livianitos de sangre”.

Somos “livianitos de sangre” en eso y muy pesados de sangre en lo otro, cuando no somos blanco de la horda, sino parte de ella. Eso, el sumarse alegremente a toda horda, es parte constitutiva de la cobardía. Y para serles franco de la imbecilidad. El miedo es cosa viva, pero la estupidez también.