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No hace mucho el gobierno se reunió para ver cómo encararía la “nueva estrategia” de la oposición, la cual consistiría en el “obstruccionismo”, pero, ¿de cuál nueva estrategia están preocupándose?

El obstruir, criticar, ningunear y huasquear al gobierno ha sido la estrategia de la oposición desde el primer día. ¿Dónde está entonces la novedad? No la hay, a menos que llamemos de ese modo al creciente grado de hostilidad que manifiesta dicha ya vieja y más que prevista estrategia, la manera como ha ido escalando en furia, resentimiento y odiosidad. En efecto, se ha pasado del reproche estridente de tal o cual frase desafortunada de un ministro a la amenaza de pararlo todo en el Congreso. Al parecer esta gente supone que fueron elegidos NO para examinar proyectos conforme a su mérito en función del bienestar del país, sino para atornillarse en el poder, seguir en el poder, regresar al poder. Para eso no es preciso examinar nada, basta rechazarlo. La bajeza, el resentimiento, la furia, la obstinación y la imbecilidad que subyace a esa postura es indescriptible.

O tal vez no. Tal vez sea la postura racional que corresponde a quien sencillamente NO TIENE  nada que ofrecer de positivo, por lo cual sólo le resta rallarle la pintura al que sí lo hace. No es entonces una postura imbécil, sino mezquina. ¿Qué otra cosa? Después de todo el cacareado “progresismo”, manto semántico con que ocultan su izquierdismo, no tiene nada que ofrecerle a la nación, a ninguna nación. La izquierda entró en quiebra hace ya al menos un par de décadas, o, para ser más precisos, estaba ya en quiebra hacía mucho pero el descalabro se hizo notorio sólo hace unos años. Por lo mismo, si se escarba y busca con paciencia qué hay de concreto en el progresismo, cosa que se es posible hacer cuando llegan al poder como sucedió en Latino américa ya en varias ocasiones, se encuentra uno con que lo único que hacen, lo único que pueden hacer, es dilapidar los fondos públicos, repletar con compañeros la administración del Estado hasta hacerla naufragar por exceso de equipaje, imponer un discurso políticamente correcto lleno de estupideces obsoletas y fracasadas pero sostenidas con la pasión fanática con que los resentidos se adueñan de una ideología para legitimar sus venganzas, estancar la economía, luego arruinarla -véase el caso de Venezuela, véase el de Argentina con los Kichner, véase el de Brasil con el “camarada Lula” y véase cómo iba la economía chilena con Bachelet– y así sucesivamente, para finalmente, cuando han dejado un país en ruinas, culpar de eso al golpismo de derecha, al imperialismo, a los fascistas, etc….

¿Cuál será el resultado de dicha obstrucción? Malo para el país, sin duda. No es sólo que proyectos eficaces y hasta urgentes no podrán ser puestos en ejecución, sino además esa postura odiosa mantendrá y quizás hasta exacerbará aun más el clima de hostilidad ya existente, clima que, dicho sea de paso, les favorece, les gusta, es aquel en el que viven, con el cual obtienen seguidores, con el cual nacieron, se criaron y desarrollaron. Apuestan al fracaso del gobierno y a egresar entonces en gloria y majestad, pero se equivocan. No regresaran ni en gloria ni en majestad. No regresarán de ninguna manera. La credulidad del público es inmensa pero tiene límites, como lo mostró precisamente la pasada elección presidencial. Hay una barra brava de resentidos que oirán una vez más los lemas de la izquierda, reavivarán una vez más sus odios contra “la derecha” y votarán una vez más por esa gente, por el “progresismo”, pero son cada vez menos. Como le sucede a toda postura extrema, fanática, poco a poco perderán a sus seguidores – ya les pasó en la elección o no se explican los resultados– y se irán quedando sin gente, convertidos al final del camino en una secta vocinglera e irrelevante.

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