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Una señora o señorita que quiso aportar su inteligente comentario en una página de Youtube donde aparece un audio mío ha dicho y redicho -porque insiste con esa porfía cerril que inspira el odio– que yo soy “sucio”. De vez en cuando agrega otros calificativos, como el popular “fascista”. Lo de mi presunta suciedad sin duda hace alusión a las “denuncias” de The Clinic. Esta señora o señorita, entonces, se compró completo y sin chistar el paquete de caca de dicho medio creyendo que era perfume de Schiaparelli.  Es posible que si mañana The Clinic le dice que la tierra es plana, dicha señora o señorita tratará de sucios a los cartógrafos y astrónomos que opinan distinto.

Cosas como esas, aunque marginales y carentes de importancia, reflejan, sin embargo, cuestiones más de fondo. Reflejan la extraordinaria capacidad de no poca gente para aceptar sin examen cualquier cosa que le comuniquen los medios, en especial si es un medio de su preferencia. De hecho gente así, como esta señora o señorita, está ansiando que los provean con alguna “denuncia” que les permita legitimar su odio, su disgusto, su rabia contra alguien. ¿Les carga tal o cual persona? Entonces si les dicen que dicha persona es un espía de los extraterrestres, con eso encontrarán razones suficientes para ir a apalearlo a la salida de su casa o insultarlo a destajo en las llamadas “redes sociales”.  No exagero: otro de estos tarados me amenazó con que iban a venir a “casquearme” uno de estos días. “Iban a venir”, esto es, vendría no sólo una persona sino una patota. Es la manera de actuar que se ajusta a la cobardía -amen de la estupidez– de esta gente.

De ahí mi nostalgia por esos tiempos en los cuales, como decía Umberto Ecco, “el imbécil se veía limitado a evacuar sus imbecilidades en la sobremesa de su casa o en la peluquería, pero ahora dispone de las redes sociales y hasta puede que consiga seguidores, esto es, otros imbéciles”.  Pero hay muchas otras nostalgias dando vueltas en estos tiempos revueltos. Hay algunas reales y otras presuntas. Se supone, por ejemplo, que si usted no comulga con las inepcias en boga PERO que son artículos de Fe del progresismo, o peor aun, considera sensata alguna medida, ley o disposición tomada en el pasado, entonces ustedes es un “nostálgico de la dictadura”.  Nostálgicos del socialismo, en cambio, no los hay o sólo para callado. Hoy son adeptos al progresismo, su nueva chapa. Tampoco están muy seguros que el socialismo funcione dado lo que se ha visto desde la caída del muro de Berlín en adelante, por todo lo cual quizás podamos inferir que son nostálgicos no del socialismo sino de la época en que verdaderamente podían creer en el socialismo, de los años ingenuos en que era posible no tener dudas sobre el socialismo tal como aun antes, de niños, no tenían dudas de la existencia del viejo pascuero.

Hay quienes, dotados de más realismo, tienen nostalgias de cosas de verdad, tangibles, beneficios que alguna vez disfrutaron. Nostalgia, por ejemplo, de los pitutos perdidos, nostalgia por las sinecuras, nostalgias muy dolorosas por los cargos en el Estado, nostalgia por las asesorías truchas que les permitían recibir cuantiosos fondos estatales a cambio de algún copy-paste relativo a la importancia del agua para la navegación. Por su lado en los sectores empresariales hay una tremenda nostalgia por la impunidad y seguridad del pasado, cuando  hicieran lo que hicieran no los iban a multar ni por mal estacionados. En los mismos círculos se tiene nostalgia por los párrocos de cabecera que si acaso depredaban con los nenes no era cosa que se supiera o si se sabía se negaba o si no se negaba se fingía negarlos.

Como no se puede vivir todo el día suspirando, los nostálgicos se arriman en estos días a ciertos sustitutos. Ya que no se puede vivir con la seguridad de disfrutar la impunidad, con la antigua arrogancia y prepotencia de ser o creerse dueños del mundo, con ese aire del patrón de fundo dando rebencazos para todos lados, los caballeritingos recurren hoy a la actitud contraria que, les parece, al menos les otorga cierta inmunidad sino impunidad: es la del que camina pegado a las paredes para no hacerse notar. Si es necesario agregan un guiño hacia la horda que esté de paso. La cobardía y el oportunismo no salvan el alma pero salvan el culo. Un poquito de deslealtad llegado el caso sirve también a la buena causa.

¡Qué de nostálgicos! Nostálgicos de la revolución, nostálgicos de la Bachelet, nostálgicos del tatita, nostálgicos de las peguitas fiscales, nostálgicos de las tomas, nostálgicos, nostálgicos….El problema con tanta nostalgia es con ella no se avanza a ninguna parte. La adicción a la nostalgia es equivalente a la adicción al pasado. Peor aun si el nostálgico cree estar mirado hacia delante y no hace otra cosa sino mirar hacia atrás. Estos últimos se llaman “progresistas”. Los otros, los que no miran ni para atrás ni para adelante sino hacia el techo para no ver nada se llaman de otra manera…

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