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En tiempos como los de hoy, de corrección política como pocos, existen temas que simplemente no pueden ser tratados ni aun en el ámbito supuestamente pensante y crítico de las universidades. Hechos de palmaria evidencia empírica no deben siquiera mencionarse; más todavía, quienes se atrevan a hacerlo son víctimas de un universal y apasionado rechazo y escarnio.

Incluso ciertas palabras, ni siquiera juicios, son por sí mismas pecaminosas y no pueden pronunciarse sin provocar una airada reacción. Quienes las usen son escarnecidos y motejados de reaccionarios o fascistas. Vivimos, en suma, en la Era de un discurso consagrado que ha prohibido términos, ideas, conceptos y hasta giros de lenguaje y partes de la gramática y la semántica.

Esos temas prohibidos provienen de los más diversos ámbitos, pero comparten el hecho de plantear la desigualdad de un modo “incorrecto”. Hoy la desigualdad sólo puede ser vista como efecto de una injusticia y/o de condiciones disparejas, nunca como resultado de diferencias en capacidades y productividad, en talentos y disposiciones, en energía, en inteligencia, en perseverancia o resistencia. A este tratamiento que carga todo el peso causal en las culpas colectivas y los factores “estructurales” se aúna una mirada, similar en su espíritu, respecto al acto de seleccionar y categorizar; hoy en día juzgar algo como bueno o malo, bello o feo, elevado o bajo se hace sospechoso y aparece como prejuicioso, racista incluso; al contrario, todo ha de ser visto como valioso por igual si acaso deriva de alguna cultura, de tal o cual grupo o etnia. La idea de que la vida de un individuo o colectividad y la calidad de sus aportes dependa en alto grado de cómo es él o de cómo son ellos y no sólo del entorno, la idea de que un éxito mediocre o menos que mediocre depende no simplemente de lo “disparejo de la cancha” sino de poseerse una inteligencia, voluntad, perseverancia, etc, mediocres o menos que mediocres, son, ambas, ideas heréticas, imposibles de aceptar, una brutalidad.

¿Por qué?

En el contexto de las convenciones y discursos políticamente correctos, de las experiencias históricas del siglo XX y las nuevas condiciones sociales que ya examinaremos, mirar las diferencias como cosa propia, personal, aparece como una falsa, monstruosa y reaccionaria resucitación del pensamiento darwiniano -o más bien de su caricatura– que sobre estas materia se puso en boga a finales del siglo XIX y principios del XX.  Dicho pensamiento es rechazado con indignación y lo ha reemplazado uno más en sintonía con los estados de ánimo prevalecientes en las nuevas condiciones sociales. Si acaso hoy manda una mirada sociológica e histórica que explica las desigualdades poniendo énfasis en la crianza, las oportunidades o su ausencia, los marcos culturales, las estructuras de clase y de poder y se nos agrega que no hay NADA fuera de esas condiciones que haga la diferencia a la hora de explicar las desigualdades, todo eso es por la siguiente razón: quienes, de hacerse esos juicios “darwinianos”, quedarían calificados en la parte baja de la escala evolutiva, tienen poder y relevancia suficientes para rechazar el uso de dicha calificación. En un tiempo donde y cuando la masa impera, dejan de imperar los juicios y criterios “elitistas”.

No se trata, entonces, de un tema científico. No se rechaza tal o cual mirada sobre la desigualdad por problemas metodológicos; la esencia del asunto es POLÍTICA. La desigualdad que NO se atribuya a condiciones ajenas al control personal, sino, al contrario, a la agencia de las personas, es hoy políticamente inaceptable. Nadie tiene derecho a señalar las falencias de un individuo siempre pronto a culpar de su fracaso al “sistema”. Aun si se demostrara la verdad absoluta de que todo depende de qué es quien, jamás se la aceptaría tan simplemente como se acepta el teorema de Pitágoras. Una verdad que atente contra la los incumbentes del poder y/o la dignidad y ego de un grupo importante de la sociedad provoca demasiado conflicto y se la oculta. Nadie, salvo contadísimas excepciones, acepta como hecho probado el no ser tan bueno como los demás, especialmente si el referente es algo esencial para la integridad y dignidad del Yo.

La sola idea de que exista alguna clase de superioridad constituye un ataque directo y mortal a la autoestima.

A lo largo de la historia humana no ha habido ni una sola sociedad que no desarrolle una cada vez mayor desigualdad en poder y privilegio, pero sólo hoy nos encontramos en una situación en que dicha desigualdad ya no se acepta ni explica ni tolera como resultado de presuntas diferencias de valor personal y/o al efecto de un decreto divino o a la simple suerte o al karma. Más aun, al pueblo llano no se le puede humillar, desdeñar, dominar, subyugar, controlar y aplastar como otrora; hoy tiene poder. Hoy sus miembros son muchos más, son relevantes, pueden fácilmente perturbar el orden social, pueden paralizarlo todo, pueden hacer lo que antes no podían. Ya no se domestica a nadie diciéndole que pertenece a una casta inferior. Ya no hay gente deficitaria sino “víctimas”. Hoy los pobres no tienen responsabilidad ninguna por su pobreza; son “desposeídos”, esto es, gente que tenía una posesión pero lamentablemente alguien cometió el pecado original de arrebatarles eso que tenían aunque en realidad nunca lo tuvieron. Son la sal de la tierra y los de arriba una horda de demonios, de explotadores, de agentes del imperialismo. Y son “las estructuras”.

Ortega y Gasset ya habló de los primores balbuceos de este fenómeno en su “Rebelión de las Masas”, pero se ha sobrepasado de sobra esa fase. En el presente las masas no se contentan con hacer prevalecer ciertos standard de gustos, sino los imponen hegemónicamente. El predominio de los “empoderados” va a la par con los discursos correctos que enfatizan la igualdad en todos los ámbitos de la vida; no se trata sólo de la igualdad en derechos cívicos y jurídicos, sino de la igualdad en valor y legitimidad de los gustos, de la inteligencia, la sabiduría y la moral.

Esto resulta en buena parte de las nuevas condiciones sociales, de la complejidad de las sociedades, de su mucha dependencia de interrelaciones que son frágiles y fácilmente lesionadas aun por el más modesto de los ciudadanos. Y entonces así como la cortesía o los buenos modales en el trato diario en la calle u otros lugares públicos resulta de la necesidad de evitar conflictos en espacios congestionados, la preponderancia del discurso políticamente correcto surge de la necesidad de no herir el ego de esa masa indispensable de la que no se puede prescindir. El totalitarismo mental y conductual está a la vuelta de la esquina.

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